A pesar de los
días transcurridos de la final del Campeonato Mundial de fútbol, seguimos sorprendidos
por artículos, y articulistas, más que por lo que callan, que por lo que dicen.
Este es el caso del artículo editado ayer, por cierto medio de comunicación, donde vuelve a insistir en un principio que compartimos sin reservas:
nadie puede ser agredido, amenazado o intimidado por portar una camiseta, una
bandera o expresar pacíficamente sus ideas. La violencia merece una condena sin
matices. Reflexiones que difícilmente puede existir discrepancias.
Pero nos sorprende, si ya algo nos puede sorprender en los editoriales de
estos últimos dias, cuando su reflexión comienza presentándose como defensora
de la libertad, aunque sea libertad parecería tener un único destinatario.
¿Y la libertad de miles de vascas y vascos, que ven cercenada su derecho a
expresar sus deseos de que sus selecciones puedan competir en igualdad con las
selecciones españolas?
Libertad para unos, exige el articulista, Begoña Beristain, en su crónica “ni perdón ni permiso”. Sin hacer una sola mención a quienes defienden espiraciones
por vías exclusivamente democráticas. Tampoco al hecho de que puede condenarse
con la misma contundencia cualquier agresión, y al mismo tiempo, defender esa reivindicación
nacional.
Hoy mismo, en paginas de otro medio de comunicación, Javier Zarzalejos vuelve a la carga, intentando confundir a los lectores en los mismos términos,
y, ya de paso, atacando al euskera, a la Korrika, etc.etc., haciendo un totum
revolutum, con el único objetivo de desprestigiar ideas o sentimientos que democráticamente
están en el fondo de miles de ciudadanas vascas y vascos.
Por negación, no admiten que hay una reivindicación histórica y democrática respaldada
reiteradamente por una amplia mayoría del Parlamento Vasco, que reclama el
reconocimiento internacional de la Euskal Selekzioa. Para estos articulistas,
ese debate simplemente no existe.
Hablan de violencia, de intolerancia y de fascismo, pero el debate
intentando desacreditar la voluntad de cientos de miles de ciudadanos, asociándolo
a esos comportamientos. Obviando que la inmensa mayoría de quienes reivindican
la oficialidad de la selección vascas, la Euskal Selekzioa de fútbol entre ellas,
no insultan, no agreden y no intimidan a nadie.
Reducir todo el debate a la libertad de vestir
una camiseta española, olvidando la libertad de defender una selección vasca
oficial, supone convertir una reflexión sobre derechos en un discurso parcial.
La libertad no consiste únicamente en celebrar
los éxitos de España. También consiste en poder reivindicar pacíficamente la
existencia deportiva de Euzkadi sin que esa aspiración sea permanentemente
contaminada por comportamientos que pertenecen exclusivamente a quienes ejercen
la violencia.

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