Bergara: entre la memoria y la estrategia
El pasado día 20 nos hacíamos eco del acto celebrado el domingo día 19, en Bergara, en reivindicación
de la nación vasca y nuestro derecho a decidir libre y democráticamente nuestro
futuro.
Se
rememoraba el aniversario del Movimiento de Alcaldes de 1976. Constituía en si una
buena noticia. Derechos históricos, autogobierno y capacidad de decisión forma
parte de una aspiración legítima de una parte muy importante de la sociedad
vasca. Y así lo defendí al valorar positivamente la Declaración de Bergara.
Pasados unos días creo que es conveniente hacer una serie de reflexiones,
ya que, estimo conveniente distinguir entre el significado institucional de
aquel acto y la intencionalidad política que algunos han querido construir a
posteriori.
Una vez leído el artículo publicado este domingo por Jonathan Martínez en Gara, bajo el título Bergara 2026, donde plantea una hipótesis política: Mano tendida
al PNV en actos de corte abertzale (como Bergara o las declaraciones en favor
del euskera), buscando anestesiar la confrontación ideológica y proyectar la
sensación de que «todos somos parte de lo mismo».
Y, por otro lado,
pactos paralelos con el PSE y la izquierda confederal, ofreciéndose como socio
prioritario en la izquierda en el ámbito social marginando al PNV en el eje
social y restar amplitud a su electorado
Es decir, plantea una especie de geometría variable destinada a consolidar
una nueva hegemonía política en Euzkadi. Y no voy a negar que es un
planteamiento inteligente donde un partido intenta ampliar su espacio electoral.
Ahora bien, quizás deberíamos analizar esa estrategia desde una perspectiva histórica.
Cualquier observador de la política vasca coincidirá que la izquierda
abertzale ha experimentado una transformación, quizás más estratégica que ideológica,
en las últimas décadas. Y ahí es donde surgen los recelos.
Eh Bildu, siglas actuales de lo que siempre se ha llamado izquierda abertzale,
hoy defiende el desarrollo íntegro del Estatuto de Gernika, reclama el cumplimiento
de las transferencias pendientes, participa activamente en las instituciones y
negocia acuerdos con el Gobierno español.
Por supuesto esta “transformación” no debería ser objeto de reproche, sino
de felicitarnos por haber evolucionado adaptándose a las nuevas realidades.
El principal
problema de este giro no es que cambien de opinión —la política exige
adaptación—, sino que pretendan hacerlo mediante la amnesia selectiva. Al
abrazar hoy los símbolos del municipalismo histórico o los derechos históricos
que en su día despreciaron, buscan reescribir su propio pasado de enmienda a la
totalidad.
Durante muchos años, el Estatuto de Gernika y las instituciones nacidas de
él fueron considerados insuficientes e incluso deslegitimados por buena parte
de la izquierda abertzale, que los interpretaba como un marco de subordinación
política al Estado.
Mientras tanto, el nacionalismo institucional defendía precisamente esas
instituciones como herramientas para construir país, ampliar el autogobierno y
mejorar el bienestar de la ciudadanía.
La historia no debería desaparecer simplemente porque hoy las posiciones
sean distintas, producto de una evolución ideológica y adaptación a una
realidad social.
Pero mientras mantuvieron esas deslegitimaciones, había que construir pais
y a eso se dedicaron, durante décadas, las instituciones provenientes del
Estatuto. El nivel de autogobierno que hoy disfrutamos en Euzkadi, no nació de
discursos maximalistas, sino de décadas de negociación, acuerdos y gestión diaria.
Quienes hemos
apoyado, construido, gestionado y defendido las instituciones vascas desde el
primer día frente a los embates de Madrid y frente al boicot interno, no
podemos asistir en silencio a este espectáculo de prestidigitación política.
Releyendo
nuevamente el artículo publicado en Gara, me invade la impresión de que Bergara
no fue una cita con la historia; fue un mitin de precampaña pensado para
envolver al nacionalismo institucional en una estrategia clara de favorecer el
tan ansiado sorpasso, eso sí,
sostenido sobre la desmemoria.
La declaración de Bergara no debe servir como plataforma electoral de
nadie, donde se busque estrategias o fines que en nada tienen que ver con la
historia. A la vez sería un error utilizar la fotografía de Bergara para
reescribir la historia o presentar como una continuidad natural lo que, en
realidad, ha sido una profunda evolución política. Pero que deja cierto poso
estratégico y, a mi entender, poca evolución ideológica.
Tendemos a valorar positivamente, más llevados por el corazón que por la
mente, el valorar que hoy existan más espacios de entendimiento entre
diferentes sensibilidades nacionalistas.
Siempre he pensado que entre “la razón y el corazón”, creo que preferible
dejarse guiar por la razón. Ya que en muchos casos te impedirá equivocarte,
pero el corazón ……….
Tenemos derecho frente a quienes se intentan arrogar el liderazgo de un estatuto
rechazado durante décadas R repito, tenemos el derecho a recordar como se ha
construido el autogobierno y quienes han sido sus constructores.
La memoria no es un obstáculo para los acuerdos. Al contrario, constituye
el mejor fundamento para construirlos con honestidad. Pero la honestidad debe
basarse en el reconocimiento del camino recorrido y no sobre el olvido selectivo
de la propia historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario