Cuando el respeto solo juega con una camiseta
Vivimos en una vorágine futbolística, donde los
sentimientos de pertenencia se exaltan en demasía, y donde los que, en sus
discursos sempiternos acusan a otros de tener problemas identitarios, enardecen
de fervor patrio cuando la roja consigue que el balón se cuele en la portería contraria.
No voy a ser yo quien deslegitime este derecho a disfrutar de acontecimientos
como los actuales. Pero, legítimamente, y porque asi lo ha reclamado en repetidas ocasiones la gran mayoría de la ciudadanía vasca, por medio de sus representantes en el
Parlamento Vasco (más del 75% de representación parlamentaria), quiero que se
me reconozca el mismo derecho.
Cuando, a la pregunta de a que selección, española o argentina, apoyar muestras indiferencia o rechazo a una selección, Federación Española de Fútbol
que impide que mi selección, Euskal Selekzioa (Selección de fútbol de Euzkadi),
se nos tildan poco mas o menos de herejes, apóstatas y traidores. Aunque difícilmente
puede ser uno un traidor a una patria, España, que no la siente como suya.
Es por ello que me pregunto: Los que pregonan el respeto hacia su
selección, la roja, los que demandan ese respeto a los demás, ¿tienen alguna
capacidad moral para exigir a los demás lo que ellos mismo deniegan? ¿Que
respeto existe ante quienes nos sentimos representados única y exclusivamente
por la selección de Euzkadi?
Estamos hartos de que asocien el sentimiento identitario al nacionalismo
vasco, tildándola de complejos, problemas identitarios, etc. Sin embargo, pocas
expresiones identitarias son tan evidentes como convertir una final deportiva
en un acontecimiento institucional. Si eso es perfectamente normal cuando la
selección es España, ¿por qué deja de serlo cuando hablamos de Euzkadi?.
Estamos hablando de fútbol o de un problema político donde se impone una
identidad no compartida sobre otra claramente definida, defendida y sentida por,
como ya hemos comentado, más del 75% del parlamento vasco?
Quien niega que el trasfondo de esta final no tiene un gran componente político, está negando la realidad.
No hay nada más que ver algunas balaustradas de ciertas instituciones bilbainas, engalanadas para la ocasión, incapaces de lo mismo cuando jueguen las selecciones vascas de pelota, en el Mundial.La igualdad también consiste en reconocer que existen diferentes
sentimientos de pertenencia. Y una democracia madura no debería tener miedo a
que todos ellos puedan expresarse con normalidad.
No estamos
reclamando ningún privilegio excepcional. En el fútbol internacional ya
compiten selecciones nacionales que no representan a Estados soberanos, como
Escocia, Gales, Irlanda del Norte, las Islas Feroe o Gibraltar. La oficialidad
de la selección vasca no supondría una anomalía deportiva, sino la
incorporación de un modelo que ya existe y que nadie cuestiona en otros
lugares.
Cada cual debería ser libre de sentirse representado por la selección que
desee. Lo que reclamamos es exactamente el mismo derecho: poder sentirnos
representados por Euzkadi sin que ello sea considerado una extravagancia, una
provocación o una reivindicación inaceptable.
La igualdad también consiste en reconocer que existen diferentes
sentimientos de pertenencia. Y una democracia madura no debería tener miedo a
que todos ellos puedan expresarse con normalidad.
Del mismo modo, y con motivo de la final de futbol entre España y
Argentina, numerosas instituciones y ayuntamientos han impulsado la colocación de
pantallas gigantes para que la ciudadanía pueda seguir el partido de forma
colectiva. Como ya hemos dicho, quien se siente representado por la selección española
tiene todo el derecho a disfruta de ese acontecimiento.
A finales de octubre tendrá lugar el Campeonato Mundial de Pelota, donde
nuestra selección participara con amplias posibilidades de llegar a distintas
finales. Ahora la pregunta: Las mismas corporaciones que han permitido (en
algunos casos, por la paz un Ave María, como bien suele decir un buen amigo mío),
que una parte de sus vecinos puedan ejercer su derecho, permitirán en las
mismas condiciones, que los que sentimos la verde, la selección de Euzkadi,
como propia, ¿tengamos el mismo derecho a compartir momentos especiales para
nosotros? ¿Se instalarán pantallas gigantes en plazas y espacios públicos? ¿Se
movilizarán recursos con el mismo entusiasmo? La experiencia nos dice que no.
Unas identidades reciben respaldo institucional y otras continúan
esperando el reconocimiento más básico. El problema no es de quienes
reivindican la oficialidad de sus selecciones. El problema es de quien sigue
negando que ese sentimiento exista y merezca el mismo respeto.

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