21 jul 2026

La buena gestión no sustituye a la construcción nacional

Las naciones no desaparecen: se diluyen como un azucarillo en un vaso de agua

Este lunes, el diario Gara, en su editorial publicada por Iñaki Egaña, retrata la cotidianidad de hechos que traspasan más allá de su trivialidad. La imagen de un cliente en un restaurante en Donostia pidiendo un euskal pastela, y recibiendo en su lugar una tarta de queso, con la excusa de que, hoy, para el mercado eso es una euskal pastela, aunque su elaboración tradicional, ingredientes, etc, no tengan parecido alguno. Es lo que pide el mercado.

Más allá de la reflexión gastronómica que plantea Iñaki Egaña, creo que esa metáfora invita a preguntarnos si algo parecido está ocurriendo con nuestra propia identidad colectiva, sustituida por una realidad donde la memoria cultural y la identidad de un pueblo están siendo sustituidos en este lento proceso de integración globalizador.

Nuestras instituciones han demostrado sobradamente su capacidad para gestionar y mejorar la vida cotidiana de las vascas y de los vascos. Pero, quizás, por priorizar esa gestión se ha ido relegando la construcción de una conciencia nacional de Euzkadi. Gestionar es necesario e imprescindible, pero no suficiente para preservar una personalidad colectiva

En las últimas décadas nos hemos volcado en consolidar niveles de bienestar, estabilidad y autogobierno económico indiscutibles. Pero en el camino corrimos el riesgo de asumir que la "construcción nacional" se reducía a la mera gestión presupuestaria, descuidando el relato, la transmisión cultural y la formación de una conciencia nacional sólida en las nuevas generaciones.

Podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que nos hemos convertido en meros gestores, eso sí, con excelentes resultados, pero en el camino quizás no hayamos atendido suficientemente la traslación a las generaciones actuales, de los factores que componen nuestra identidad.

Euzkadi recibe cada año miles de nuevos vecinos procedentes de muy distintos lugares del mundo. Esa realidad se convierte en un reto de integración. Pero integrar no puede significar únicamente facilitar el acceso al empleo, la vivienda o los servicios públicos. También debe consistir en hacer partícipes a quienes llegan de nuestra historia, nuestra lengua, nuestras instituciones y nuestra identidad nacional.

Como en el caso de lo que, para nosotros es una metáfora, al igual que la gastronomía corre el peligro de quedar reducida a un elemento turístico desprovisto de tradición —donde el euskal pastela cede su espacio al Basque cheesecake—, en ocasiones corremos el riesgo de que la identidad vasca termine percibiéndose más como una marca de calidad o de consumo más que como un proyecto político vivo, soberano e irrenunciable.

Cuando el movimiento abertzale, en su conjunto, deja de poner en el centro la defensa radical de la lengua, los derechos nacionales y la pertenencia a un pueblo diferenciado, se produce un vacío. Lo ocupan de inmediato las inercias culturales del Estado español y la homogeneización de la globalización.

Hoy empieza a cundir la preocupación entre el ámbito abertzale, de cómo corregir en tres días lo que se ha dejado diluir durante más de una década. Recuperar las identidades perdidas no es labor que se pueda realizar de la noche a la mañana.

Si no queremos que nuestra cultura termine convertida en una simple mercancía folklórica sin memoria, debemos volver al trabajo diario, humilde e incansable: en las escuelas, en la calle, en las instituciones y en el tejido social. La defensa de lo nuestro no es una mirada nostálgica al pasado; es la condición indispensable para tener futuro en un mundo globalizado.

Una identidad compartida no nace por generación espontánea. Requiere voluntad política, pedagogía y un proyecto integrador que invite a quienes llegan a sentirse parte de esta comunidad. Si una sociedad deja de transmitir aquello que la hace singular, corre el riesgo de diluirse lentamente.

Las naciones rara vez desaparecen de un día para otro; normalmente se diluyen poco a poco, como un azucarillo en un vaso de agua, cuando dejan de transmitir a las nuevas generaciones —y a quienes llegan para compartir su futuro— aquello que les da sentido como comunidad


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