28 jun 2026

Respeto para el legado de nuestros Lehendakaris

Este fin de semana hemos conocido una propuesta  de EH Bildu para renombrar al Aeropuerto de Loiu, con el nombre del Lehendakari José Antonio Aguirre.

 Podríamos considerarla, como oportunismo político, aunque para otros, los ponentes de tal iniciativa, sea “astucia parlamentaria”.

Conviene recordar que el renombrar el aeropuerto de Loiu depende de la decisión de las instituciones competentes, en este caso el Ministerio de Transportes, y no de una iniciativa autonómica

Pero más allá de la nomenclatura de una infraestructura de transportes, nos interroga sobre memoria, ética, porque no decirlo, sobre nuestros propios reflejos políticos como jelkides.

 Si analizamos la iniciativa de la izquierda abertzale, de EH Bildu, basta con echar mano de la historia reciente de Euzkadi. Quienes hoy pretenden elevar la figura del primer Lehendakari de la democracia vasca, son los herederos políticos de aquel movimiento que consideraba a las instituciones legítimas de Euzkadi como un enemigo a batir.

 Quienes ahora, bien por necesidades políticas y electorales, que no por convicción, intentan apropiarse de figuras claves en la defensa de Euzkadi, deberían tener en cuenta que la memoria, y el archivo reciente de nuestra historia, no ha caído en el olvido.

 Y valga un ejemplo: No podemos olvidar la carta que el Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV), a través de las siglas de ETA, envió en febrero de 1976 al Lehendakari Jesús María de Leizaola en su exilio de París. Aquella misiva, lejos de ser un hecho aislado, sintetizaba la posición histórica de ese mundo hacia el nacionalismo institucional y democrático: acusaciones de "cobardía y traición", exigencias totalitarias de rectificación y una amenaza mafiosa de manual al advertirle de que pasaba a ser "futuro objetivo de nuestras acciones".

 Mientras hombres de la talla de Aguirre o Leizaola, mantenían la llama de la legitimidad vasca en el exilio frente a la dictadura, posteriormente otros lehendakaris como Garaikoetxea o Ardanza, y más cercanos, como Ibarretxe, Urkullu se dedicaron a establecer las bases de lo que Euzkadi representa hoy en el mundo. Mientras tanto, como digo, otros se dedicaron a torpedear y combatir las instituciones que tanto costaron levantar.

 Por eso, cuando el Lehendakari Imanol Pradales les exige desde la tribuna que asuman "todo el legado" de Aguirre, está poniendo el dedo en la llaga. El legado de Aguirre no es una marca franquiciable de la que puedas apropiarte para un titular de prensa. Aguirre fue, ante todo, un hombre de paz, un demócrata convencido que repudió explícitamente la violencia con fines políticos y que lideró un Gobierno transversal basado en el pacto entre diferentes. Reivindicar a Aguirre implica, de manera obligatoria, deslegitimar éticamente cada uno de los crímenes que durante décadas asolaron Euskadi. Sin ese suelo ético, cualquier propuesta carece de credibilidad y se convierte en mero blanqueamiento.

Una vez dicho esto es obligado hacer una autocrítica, y no solamente limitarnos al reproche, que también.

¿La pregunta que nos debemos hacer es cómo hemos llegado al punto de que la oposición nos marque la agenda con nuestros propios símbolos?

El cambio de nombre del aeropuerto de Loiu para honrar a uno de nuestros grandes Lehendakaris no es una idea nueva. Diversos jelkides y sectores del partido llevan años madurando, sugiriendo y promoviendo este proyecto de manera interna. Sabíamos que era de justicia histórica. Sin embargo, no supimos dar una respuesta institucional firme ni liderar el proceso a tiempo. Nos faltó audacia, nos faltaron reflejos y nos sobró exceso de prudencia.

Otro hecho reciente: cambiar el nombre de la plaza Moyua en Bilbao, por el de Elíptica. Quedaron traspapelados hasta que EH Bildu las ha rescatado, y observamos con perplejidad, que nos han ganado por eso. Por demasiado prudentes

Al dejar ese espacio vacío, hemos permitido que EH Bildu juegue su baza: adelantarse en el Parlamento con una propuesta "no pactada" para forzar una situación incómoda, buscando dividirnos o retratarnos a la defensiva en una votación comprometida. El error no es de fondo, sino de velocidad. No podemos permitir que la gestión del día a día o los ritmos burocráticos nos hagan perder la iniciativa en las reivindicaciones que forman parte del ADN jeltzale.

 Debemos liderar con orgullo y anticipación la memoria de este país. El legado de Aguirre y Leizaola es de toda la sociedad vasca, sí, pero su defensa frente a la desmemoria y el oportunismo sigue siendo nuestra responsabilidad histórica.

 

 

 

 

 

 

 


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