Respeto para el legado de nuestros Lehendakaris
Este fin de semana hemos conocido una propuesta de EH Bildu para renombrar al Aeropuerto de Loiu, con el nombre del Lehendakari
José Antonio Aguirre.
Podríamos considerarla, como oportunismo político,
aunque para otros, los ponentes de tal iniciativa, sea “astucia parlamentaria”.
Conviene recordar que el renombrar el aeropuerto de Loiu depende de la decisión de las instituciones competentes, en este caso el Ministerio de Transportes, y no de una iniciativa autonómica
Pero más allá de la nomenclatura de una infraestructura
de transportes, nos interroga sobre memoria, ética, porque no decirlo, sobre
nuestros propios reflejos políticos como jelkides.
Si analizamos la iniciativa de la izquierda abertzale,
de EH Bildu, basta con echar mano de la historia reciente de Euzkadi. Quienes
hoy pretenden elevar la figura del primer Lehendakari de la democracia vasca,
son los herederos políticos de aquel movimiento que consideraba a las
instituciones legítimas de Euzkadi como un enemigo a batir.
Quienes ahora, bien por necesidades políticas y
electorales, que no por convicción, intentan apropiarse de figuras claves en la
defensa de Euzkadi, deberían tener en cuenta que la memoria, y el archivo
reciente de nuestra historia, no ha caído en el olvido.
Y valga un ejemplo: No podemos olvidar la carta que el
Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV), a través de las siglas de ETA,
envió en febrero de 1976 al Lehendakari Jesús María de Leizaola en su exilio de
París. Aquella misiva, lejos de ser un hecho aislado, sintetizaba la posición
histórica de ese mundo hacia el nacionalismo institucional y democrático:
acusaciones de "cobardía y traición", exigencias totalitarias de
rectificación y una amenaza mafiosa de manual al advertirle de que pasaba a ser
"futuro objetivo de nuestras acciones".
Mientras hombres de la talla de Aguirre o Leizaola, mantenían la
llama de la legitimidad vasca en el exilio frente a la dictadura, posteriormente
otros lehendakaris como Garaikoetxea o Ardanza, y más cercanos, como Ibarretxe,
Urkullu se dedicaron a establecer las bases de lo que Euzkadi representa
hoy en el mundo. Mientras tanto, como digo, otros se dedicaron a torpedear y combatir las
instituciones que tanto costaron levantar.
Por eso, cuando el Lehendakari Imanol Pradales les
exige desde la tribuna que asuman "todo el legado"
de Aguirre, está poniendo el dedo en la llaga. El legado de Aguirre no es una
marca franquiciable de la que puedas apropiarte para un titular de prensa.
Aguirre fue, ante todo, un hombre de paz, un demócrata convencido que repudió
explícitamente la violencia con fines políticos y que lideró un Gobierno
transversal basado en el pacto entre diferentes. Reivindicar a Aguirre implica,
de manera obligatoria, deslegitimar éticamente cada uno de los crímenes que
durante décadas asolaron Euskadi. Sin ese suelo ético, cualquier propuesta
carece de credibilidad y se convierte en mero blanqueamiento.
Una vez dicho esto es obligado hacer una autocrítica,
y no solamente limitarnos al reproche, que también.
¿La pregunta que nos debemos hacer es cómo hemos
llegado al punto de que la oposición nos marque la agenda con nuestros propios
símbolos?
El cambio de nombre del aeropuerto de Loiu para honrar
a uno de nuestros grandes Lehendakaris no es una idea nueva. Diversos jelkides y sectores del partido llevan años madurando,
sugiriendo y promoviendo este proyecto de manera interna. Sabíamos que era de
justicia histórica. Sin embargo, no supimos dar una respuesta institucional
firme ni liderar el proceso a tiempo. Nos faltó audacia, nos faltaron reflejos
y nos sobró exceso de prudencia.
Otro hecho reciente: cambiar el nombre de la plaza
Moyua en Bilbao, por el de Elíptica. Quedaron traspapelados hasta que EH Bildu
las ha rescatado, y observamos con perplejidad, que nos han ganado por eso. Por
demasiado prudentes
Al dejar ese espacio vacío, hemos permitido que EH Bildu
juegue su baza: adelantarse en el Parlamento con una propuesta "no
pactada" para forzar una situación incómoda, buscando dividirnos o
retratarnos a la defensiva en una votación comprometida. El error no es de
fondo, sino de velocidad. No podemos permitir que la gestión del día a día o
los ritmos burocráticos nos hagan perder la iniciativa en las reivindicaciones
que forman parte del ADN jeltzale.
Debemos liderar con orgullo y anticipación la memoria
de este país. El legado de Aguirre y Leizaola es de toda la sociedad vasca, sí,
pero su defensa frente a la desmemoria y el oportunismo sigue siendo nuestra
responsabilidad histórica.
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