De la protesta al acoso: una línea que no se puede cruzar
Lo que está ocurriendo en el campus de Vitoria Gazteiz de
la UPV/EHU no es un hecho aislado ni una simple polémica universitaria. Es un
síntoma preocupante de una deriva que, poco a poco, va calando en determinados
espacios: la sustitución del debate por la presión, y de la pluralidad por el
señalamiento.
En los últimos días, cerca de 40 profesores, entre
ellos antiguos responsables académicos, han sido objeto de una campaña de acoso
impulsada por sectores radicales vinculados al entorno de Gazte Koordinadora
Sozialista.
No hablamos de crítica ni de discrepancia
legítima. Hablamos de señalamientos públicos, presión ideológica y un
intento evidente de intimidación.
Ante esta situación, el portavoz del EAJ-PNV en
el Parlamento Vasco, Joseba Díez Antxustegi, ha mostrado su apoyo a los
docentes afectados y ha reclamado algo tan básico como necesario: que la
universidad garantice la pluralidad y la libertad.
La universidad debe ser un espacio de pensamiento
crítico, de contraste de ideas, de debate abierto. Pero lo que estamos viendo
va mucho más allá.
Cuando se organizan campañas para señalar a
profesores, cuando se les acusa públicamente por su posición ideológica o
institucional, cuando se pretende generar un clima de presión constante, se
está cruzando una línea muy peligrosa.
Y conviene decirlo claro: la coacción no tiene
cabida en una sociedad democrática, y mucho menos en una universidad.
En este contexto, el papel del rector de la UPV/EHU, Joxerramon Bengoetxea, es clave. y su responsabilidad en atajar estas anomalías democráticas.
No basta con apelar a la convivencia de manera genérica. No basta con declaraciones ambiguas. La universidad tiene la obligación de proteger a su profesorado y de garantizar que nadie sea señalado por ejercer su labor académica.
El silencio institucional, en estos casos, no es
neutral. El silencio favorece al que presiona y deja indefenso al que es
señalado.
Y eso es algo que una institución pública no
puede permitirse.
Lo ocurrido en el campus de Vitoria Gazteiz no es un
episodio aislado. Responde a una forma de actuar que hemos visto en otros
ámbitos:
Es una estrategia basada en la confrontación,
donde el objetivo no es mejorar la universidad, sino controlar el relato y
el espacio.
Frente a esta deriva, conviene recordar qué debe
ser una universidad:
Un espacio de libertad académica
Un lugar donde se pueda discrepar sin miedo
Un entorno donde el conocimiento esté por encima de la ideología
Y, sobre todo: Un ámbito donde nadie sea señalado
por pensar diferente
Porque sin pluralidad no hay universidad. Y sin
respeto, no hay democracia.
Lo que está en juego no son solo unos profesores
ni un conflicto puntual. Lo que está en juego es el modelo de universidad y, en
el fondo, el la de sociedad que queremos.
Si permitimos que la intimidación sustituya al
debate, si toleramos que el señalamiento se convierta en herramienta política,
estaremos dando un paso atrás muy peligroso.
Porque cuando el miedo entra en las aulas, la
libertad sale por la puerta.

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