El Guernica sigue secuestrado lejos de Gernika: 90 años después, la deuda continúa
Las declaraciones realizadas ayer por la Vicelehendakari Ibone Bengoetxea no surgen en el vacío.
Responden a una reivindicación histórica,
sostenida durante décadas tanto por las instituciones vascas como por la propia
ciudadanía, que en numerosas ocasiones ha solicitado que el Guernica regrese, aunque sea
de forma temporal, a la tierra que le dio sentido.
No estamos, por tanto, ante una ocurrencia
puntual ni ante una iniciativa simbólica sin recorrido. Estamos ante una demanda persistente, legítima y profundamente
arraigada en la memoria colectiva de Euzkadi.
Sin embargo, ante este nuevo intento, lo primero
que surge es la incredulidad.
El Ministerio alega, una vez mas y van ...... dificultades técnicas insuperables que impiden su traslado. O quizás, otros imperativos, en este caso económicos, que dificultaría lo que la ciudadanía vasca. viene reclamando desde hace décadas. Por ejemplo. alguien se imagina el deterioro económico que pudiera sufrir el museo Reina Sofia, sin la presencia del Guernica???
Por ello, se agradece que, de vez en cuando, las reclamaciones no caigan en el olvido, pero, siendo realistas, las declaraciones de nuestra Vicelehendakari, Ibone Bengoetxea, me temo que son buenas intenciones y deseos, y solamente eso.
Porque no partimos de cero. Partimos de una
larga cadena de negativas por parte del Gobierno español, que durante décadas
ha mantenido una posición firme —y reiterada— contraria a cualquier traslado
del cuadro. Una negativa que se ha justificado en argumentos técnicos, pero que
en el fondo evidencia una falta de voluntad política para asumir lo que
supondría ese gesto: reconocer, también
desde el símbolo, la dimensión histórica del sufrimiento de nuestro pueblo.
Y ahí está la clave.
Porque el debate sobre el Guernica nunca ha sido solo técnico. Es, sobre todo, político y moral. Se trata de decidir si
el Estado está dispuesto a dar un paso hacia la memoria, la reparación y el
reconocimiento… o si prefiere seguir parapetado en decisiones centralistas que
ignoran el significado profundo de esta obra.
Por eso, más allá de la propuesta concreta, la
pregunta sigue siendo la misma de siempre:
¿hay voluntad real de hacer justicia, o
volveremos a escuchar, una vez más, el mismo “no” de siempre?
El Guernica
no es un cuadro más colgado en una pared de Madrid. Es el grito de un pueblo
bombardeado, la memoria de una tragedia y el símbolo universal contra la
barbarie. Negar siquiera su traslado temporal a Euskadi no es una decisión
técnica: es una decisión política. Es optar por la comodidad del centralismo
frente al reconocimiento de una realidad histórica incómoda. Noventa años
después del primer Gobierno Vasco y casi nueve décadas tras el bombardeo de
Gernika, la pregunta ya no es si el cuadro puede viajar. La pregunta es mucho
más simple y mucho más incómoda: ¿quiere el Estado reconocer de verdad lo que
ocurrió… o prefiere seguir mirando hacia otro lado?

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