De timbas bingueras y jubilados ilegales
En mi querido barrio de Santutxu hemos descubierto una nueva amenaza para el orden público: los jubilados jugando al bingo.
Sí, han leído bien.
Una denuncia de un local de juego, casa de apuestas cercana al hogar de Jubilados Bonaparte, a hecho que la Ertzaintza tenga que intervenir en un hogar de jubilados. El motivo: una supuesta actividad de juego no autorizada. Vamos, en el argot clásico, una timba ilegal
Imaginemos la escena.
Un grupo de jubilados, probablemente con el café aún caliente sobre la mesa, el periódico doblado al lado y el clásico murmullo de la partida:
—«Línea…»
—«¡Bingo!»
Cartones, fichas, risas y algún comentario sobre el Athletic o el precio del pan, y la subida del cafe (que esta si que es il........)
Y de repente, la legalidad irrumpe en la sala.
Porque parece que, en este país, el problema no es que haya casas de apuestas en cada esquina, abiertas mañana, tarde y noche. El problema es que un grupo de jubilados pueda estar jugando unos cartones de bingo entre amigos.
El contraste tiene algo de surrealista.
Mientras las grandes empresas del juego despliegan locales, publicidad y terminales electrónicas, la alarma social parece activarse cuando cuatro jubilados organizan una pequeña partida en su centro social.
No sabemos si había premios millonarios en juego. Quizá el bote consistía en pagar el siguiente café o la ronda de pastas.
Esta situación cómica me ha recordado a la pelicula "El golpe", protagonizada por Paul Newman y Robert Redford
Si alguien hubiera rodado la escena quizá habría parecido una secuela doméstica de "El Golpe": un grupo de jubilados, unos cartones de bingo… y alrededor todo un mundo profesional del juego funcionando a pleno rendimiento.
Pero lo cierto es que la escena invita a una reflexión.
Porque a veces da la impresión de que la normativa se aplica con más rigor al pequeño, al cotidiano, al que simplemente intenta pasar la tarde acompañado.
Mientras tanto, el verdadero negocio del juego sigue funcionando a pleno rendimiento.
Tal vez el problema no sean las timbas bingueras de los jubilados.
Tal vez el problema es que en ocasiones olvidamos distinguir entre convivencia social y negocio del juego.
Y si el mayor riesgo para el orden público de Santutxu es una mesa de jubilados cantando números, quizá podamos permitirnos sonreír… y reflexionar.
Cuando el juego mueve millones, se llama industria del ocio.
Cuando lo hacen unos jubilados en su centro social, se convierte en una actividad sospechosa.
Y así, en Santutxu, hemos asistido a un episodio curioso de nuestro tiempo:
una casa de apuestas denunciando a unos jubilados por jugar al bingo.
A veces la realidad no necesita caricatura.
La escribe sola.

No hay comentarios:
Publicar un comentario