La mejor forma de fortalecer una lengua minorizada no es alimentar nuevas polémicas, sino conseguir que más personas quieran incorporarlo con naturalidad a su vida cotidiana.
Cada verano parece traer consigo una nueva polémica
lingüística. Este año ha sido la decisión de varias txosnas de Algorta de
habilitar una ventanilla específica para quienes soliciten sus consumiciones en
castellano. Así que asistimos a uno nuevo y es la polémica lingüística
creada a raíz de la instalación de las citadas txoznas.
Los protagonistas aducen que se trata de una
iniciativa presentada como un gesto simbólico para incentivar el uso del
euskera. A lo cual desde determinado medio y portavoces de partidos políticos han
mostrado su rechazo alimentando un nuevo enfrentamiento.
No seré yo quien cuestione la necesidad de
impulsar el euskera. Todo lo contrario. Constituye uno de los principales
elementos que conforman nuestra identidad nacional y una lengua minorizada que
necesita políticas públicas, compromiso social y espacios donde pueda
desarrollarse con normalidad.
Por otro lado y en defensa de las txoznas, durante
décadas han desempeñado un papel importante en el impulso de nuestra lengua.
Hemos podido vivir, relacionarnos y disfrutar en euskera con absoluta normalidad.
También es verdad que lo digo en tiempo pasado.
Dicho esto, convendría preguntarnos si iniciativas
diversas ayudan realmente al fortalecimiento del euskera en el espacio festivo
o terminan generando el efecto contrario, cuando el verdadero reto debe ser
aumentar el numero de personas que deciden incorporarlo con normalidad a su
vida cotidiana. El euskera necesita personas hablantes por convicción, no por
necesidad.
Interesados en desacreditar las políticas de normalización
lingüística aprovechan ciertas iniciativas para proseguir con su euskerafobia.
Por eso el foco debe situarse en la defensa del euskera desde la utilización publica
en recintos festivos.
Las lenguas no sobreviven únicamente mediante
normas o símbolos. Sobreviven porque la ciudadanía las considera, cercanas y, sobre
todo, emocionalmente propias. Dejando al margen las posibles oportunidades para
trabajar, estudiar, crear cultura o relacionarse con naturalidad.
El euskera no de refuerza en una ventanilla de una
txozna, sino con el compromiso de los consumidores de utilizarlo, aunque sea
con los mínimos conocimientos adquiridos. Hay muchos términos conocidos que
pueden ser usados a la hora de subirse a un autobús, por ejemplo, egunon o
gabon, etc. A la hora de pedir una consumición, zurito, beltza, zuri, pintxo
bat, etc. También eskerrik asko, mesedez, Kaixo, agur, on egin,
eta abar
Y asi podríamos seguir con una gran cantidad de términos
y vocablos. Este es el compromiso que debemos tener en el dia a dia quienes
entendemos que el euskera es nuestra lengua.
Por eso, el futuro del euskera no se decidirá en
una ventanilla de una txosna. Se decidirá en las familias que opten por
transmitirlo a sus hijos; en las escuelas que forman nuevas generaciones
bilingües; en las empresas que lo incorporan a su actividad; en los comercios
que atienden con normalidad en ambas lenguas; en los medios de comunicación, en
la cultura y en quienes, cada día, hacen el esfuerzo de utilizarlo, aunque
todavía no lo dominen plenamente.
¿Es la mejor estrategia abrir polémicas a mayor
utilización de quienes están en contra de la inmersión lingüística? Yo creo que
no. El euskera necesita prestigio, ilusión, y ser compartido por cada vez mayor
numero de ciudadanos.
Quienes defendemos el euskera deberíamos
preguntarnos cuál es la mejor estrategia para seguir avanzando. ¿Queremos abrir
nuevos espacios de encuentro o alimentar nuevas trincheras?
El euskera no necesita que la ciudadanía tenga miedo a
equivocarse. Necesita exactamente lo contrario: que cada vez más personas se
atrevan a utilizarlo, aunque sea con unas pocas palabras. Porque una lengua
crece cuando se habla. Y se habla cuando quienes la defienden saben invitar,
convencer y contagiar el deseo de usarla.
El euskera necesita ilusión. Necesita convertirse
en una lengua cada vez más compartida. Pero construir un país consiste en sumar
voluntades, no en levantar nuevas barreras. El reto sigue siendo el mismo de
siempre: conseguir que cada vez más personas quieran vivir también en euskera.
Ese objetivo exige inteligencia, pedagogía y confianza. Mucha más confianza que
confrontación.

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