Josu Jon Imaz y Trump: cuando hablar con el poder molesta más que perder industria
La demonización reciente de Josu Jon Imaz no nace de una decisión empresarial concreta ni de una inversión fallida. Tiene un origen mucho más simbólico —y revelador—: su entrevista y su intervención en un encuentro con Donald Trump.
A partir de ahí, el debate dejó de ser económico para convertirse en moralizante. Y cuando el debate se moraliza, casi siempre es para evitar hablar de intereses reales.
¿De verdad el problema es con quién se habla?
A Imaz no se le critica por lo que dijo en ese encuentro, sino por haber estado allí. Como si un directivo de una gran empresa energética pudiera permitirse el lujo de ignorar a una de las principales potencias económicas y políticas del mundo.
Conviene recordar algo elemental:
👉 hablar no es legitimar, es defender intereses.
Las grandes decisiones energéticas, industriales y geopolíticas no se toman en seminarios académicos, sino en foros donde se sientan quienes tienen poder real. Y Euskadi, le guste o no a algunos, tiene intereses que defender en esos espacios.
Imaz no fue como político, fue como gestor de poder económico
Este punto se oculta deliberadamente. Imaz no acudió como exdirigente del PNV, sino como CEO de Repsol, una empresa con:
- inversiones globales
- miles de trabajadores
- impacto directo en el PIB
- contribución fiscal clave en territorios como Euskadi
Confundir —o fingir confundir— ambos planos no es ingenuidad: es manipulación del debate.
Euskadi no vive del simbolismo, vive del PIB
Mientras algunos se escandalizan por una foto o una entrevista, los datos siguen ahí:
- La industria representa en torno al 24 % del PIB vasco (Eustat).
- Bizkaia supera los 49.000 millones de euros de PIB anual.
- Petronor emplea alrededor de 1.000 personas de forma directa y más de 6.000 indirectas e inducidas.
- Es uno de los mayores contribuyentes a la Hacienda Foral de Bizkaia, con más de 1.300 millones de euros aportados en los últimos ejercicios.
- Ha invertido cerca de 2.000 millones de euros en la última década.
Estos son los cimientos materiales del modelo social vasco.
La hipocresía del discurso dominante
Resulta llamativo que quienes más critican a Imaz por “hablar con Trump”:
- exijan más gasto social
- reclamen más transición energética
- pidan más inversión pública
pero no expliquen nunca de dónde saldrán los recursos si se demoniza a quienes generan PIB y recaudación.
La pregunta incómoda sigue sin respuesta:
¿Se financia Osakidetza con declaraciones morales o con impuestos reales?
Transición energética con interlocución internacional
Imaz no niega la transición energética. La impulsa desde dentro del sistema económico real.
Los proyectos de hidrógeno renovable, combustibles sintéticos y descarbonización industrial en Euskadi requieren:
- capital
- estabilidad
- acceso a mercados
- interlocución internacional
Pensar que eso se consigue aislándose o renunciando a hablar con actores incómodos es una ingenuidad peligrosa para un país pequeño y abierto como Euskadi.
El verdadero motivo del ataque
Imaz incomoda porque rompe un consenso superficial:
- recuerda que el bienestar se financia, no se proclama
- habla de industria cuando otros hablan solo de discurso
- defiende poder económico propio para Euskadi
- se sienta donde se decide, aunque no guste la foto
Y eso, hoy, se castiga más que la ineficacia.
Conclusión: hablar con Trump no es el problema
El problema no es que Imaz hablara con Trump. El problema, para algunos, es que habla con quien hace falta para defender intereses económicos reales, mientras otros prefieren un debate cómodo, simbólico y estéril.
Euskadi no puede permitirse ese lujo.
Josu Jon Imaz no es un icono moral ni pretende serlo. Es algo más incómodo: un gestor de poder económico que recuerda cómo se sostiene un país.
Y por eso se le ataca.
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